En una obra literaria universal, un hombre inglés, con su magnífica pluma escribió que todo tiene precio, pero nada de valor. Lo curioso de esto es que aunque los días y los años han transcurrido, todavía sigue teniendo razón. No se trata de ninguna frase nihilista o de algún cliché populista. Es una descripción un tanto fatalista, pero no por ello deja de ser realista. Con todo, expresa con excepcional maestría una síntesis de nuestra época.
Desde el siglo pasado hasta nuestros días hemos experimentado –como especie- una serie de acontecimientos que muy pocos se pudieron imaginar: dos guerras mundiales, una de ellas que involucró armas atómicas; crisis, depresiones, recuperaciones y auges criticables; cambios radicales en la estructura política mundial, etc. Pero quizá ninguno de ellos es tan significativo como el de la dicotomía precio-valor de la especie humana.
Según Emmanuel Kant, todo hombre, todo individuo es valioso por sí mismo, esto es, el valor de un humano no está subyugado a otro, lo que a la vez implica que no se está supeditado a ningún regateo económico o interés político. Sin embargo, esto ha dejado de ser así porque en nuestra época ya todo tiene un precio, es decir, un valor económicamente rentable y políticamente manipulable. Incluso el amor tiene un precio.
Esto se ha agudizado con el crecimiento y desarrollo de las medios de comunicación en masa, los cuales sirven como canales de realidades falsas que deben ser compradas a la brevedad. ¿Se pierden los valores? No. Cada época tiene los suyos propios y la nuestra ha dejado de lado la racionalidad para entrar en la era material donde todo acto, pensamiento, hecho, cosa, vale no por una compleja operación intelectual, sino por la posibilidad de aumentar la matemática del costo-beneficio.
Además, admitámoslo, el hombre que se esperaba nunca existió (claro, con raras y excepcionales ocasiones). Sólo se mantuvo como una especie de ilusión en el imaginario mundo de la ilustración. De un hombre que debía conocer y decidir, transmutó otro que no sabe ni quién es ni lo que hay a su alrededor, y menos le interesa escoger una opción.
¿Hay algo que podamos hacer ante está inercia necia? Podríamos actuar y obligar a la sociedad, por medio del Estado, que cumpla con el máximo designio que tiene la humanidad: que el hombre sea un fin en sí y por sí. Pero al obligarla se caería en una cuestionable contradicción porque es el hombre al que le corresponde decidir. Así, sólo nos queda permanecer como La Boetie, permanecer esperando aunque nos quedemos a la mitad del camino.